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Artículo: Construir una Memorial a la Vida

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Creando un espacio para el duelo y la pérdida

Joanna Crowson, Jorge Gallardo y Andrew Zionts Abrams explican por qué construyeron un túmulo como memorial a la vida para recordar a todas las especies perdidas durante la sexta extinción masiva.

Catalina es una finca  de 13 hectáreas situada en una ladera, en la comarca de La Janda, en el sur de España. El proyecto recibe su nombre en homenaje a una mujer terrateniente local del siglo XV, y se centra en explorar diferentes formas de vida comunitaria y de colaboración con la naturaleza. Se basa en los principios de la permacultura y desarrolla prácticas específicas en relación con la ubicación y el estado del suelo. Varios grupos, voluntarios y especialistas llevan trabajando en el proyecto desde 2014, dirigidos por Andrew Zionts Abrams. La labor ha consistido en restaurar la funcionalidad del ecosistema mediante la creación de un paisaje de retención de agua con cero  escorrentía, la reforestación y la experimentación con la agricultura regenerativa y el cuidado del suelo, así como la conexión con la comunidad de seres vivos que lo habita utilizando herramientas de la ecología profunda y la sociocracia. La aspiración compartida es ir más allá de la idea de sostenibilidad, entendida como el acto de sostener una situación a lo largo del tiempo (incluyendo lo que puede ser un paisaje y/o una comunidad empobrecida y degradada), aspirando en su lugar a crear una versión local de una cultura regenerativa, tal y como la define Daniel Wahl en su libro Designing Regenerative Cultures (2016):

«Una cultura humana regenerativa es sana, resiliente y adaptable, cuida el planeta y cuida la vida, consciente de que es la forma más eficaz de crear un futuro próspero para todos».

Un ritual comunitario

Nos colocamos en círculo mirando hacia el este mientras el sol se oculta a nuestras espaldas, sintiendo el viento en la cara mientras lamentamos la pérdida de la Laguna de La Janda. Desecada en 1967 a favor del desarrollo de la agricultura industrial, este fabuloso humedal era un importante lugar de paso para las aves que migraban desde África. Ahora, la Laguna de La Janda se ha marchado pero no ha sido olvidado; su presencia se puede sentir en la tierra mientras sigue “soñando con ser lo que era”. Giramos hacia el sur, la dirección del fuego y el calor del verano, y honramos a la Rata de Cola de Mosaico (Melomys rubicola), un pequeño roedor nocturno, endémico de los arrecifes de coral australianos, que en 2016 fue la primera especie mamífera declarada extinta debido al cambio climático antropogénico. Mirando hacia el oeste, todavía de pie conectados al túmulo de piedras, contemplamos la panorámica de los campos y la costa de Vejer y Conil y el gran océano Atlántico. La dirección tradicionalmente asociada al agua, nos bendice con brisas frescas en verano y lluvias en invierno. Alguna vez en estas playas pudimos haber visto focas jugando y nos tomamos un momento para honrar la memoria de la Foca Monje del Mediterráneo (Monachus monachus) que solía jugar por toda la región mediterránea en la antigüedad, pero que lleva extinguida en la Península Ibérica desde 1979. Nos volvemos de nuevo y contemplamos la tierra que se extiende hacia el norte ante nosotros; España, luego el norte de Europa y, más allá, los casquetes polares del Ártico que enfrían el planeta y que están en grave peligro por la crisis climática, junto con todos los seres vivos que dependen del frío: no tienen adónde ir para refugiarse de esta pérdida. Esta es la dirección asociada al elemento tierra y a la sabiduría que tanto necesitamos. Nos tomamos un momento para honrar a la avutarda (Otis tarda), un ave que no hace mucho podía encontrarse en bandadas en los campos de La Janda, con un plumaje rojizo que coloreaba las llanuras blanqueadas. El último macho murió en la primavera de 2006 tras cinco años de soledad; considerada una especie vulnerable en España, está extinta en La Janda. Por último, volvemos al montículo de piedras en el centro de nuestro círculo y, una a una, añadimos una piedra al creciente montón, antes de girarnos en silencio hacia el oeste y observar cómo el sol se hunde en el mar, en el horizonte. Cuando la oscuridad se cierne sobre nosotros, nos retiramos y bajamos la colina para seguir celebrando juntos el solsticio de invierno alrededor de una hoguera. Detrás de nosotros, una única vela parpadea al amparo de una de las piedras más grandes, una pequeña luz que desafía al viento mientras sigue brillando en la oscuridad.

Almenara – La obra de arte

Durante la última glaciación (a principios del Neolítico), La Janda fue un oasis de biodiversidad del que surgió la vida para repoblar Europa cuando los hielos se retiraron. En Catalina, estamos comprometidos con la conservación de los recursos naturales que aquí se encuentran como herramienta contra la extinción masiva, al tiempo que abordamos las realidades de la necesidad de mitigación y adaptación ante la crisis climática. Nuestro intento por implicar a nuestra comunidad local en esta labor, nos lleva a reconocer la necesidad de crear conversaciones más profundas en torno a estas cuestiones: conversaciones que generen curiosidad sobre la situación y el deseo de explorar y desarrollar posibles soluciones. Y hacer esto en lugar de polarizar y acabar en la negación, la eco-ansiedad o en el falso y complaciente escudo de una tecnología que nos salvará. Nuestro trabajo con la ecología profunda nos ha demostrado el poder transformador de incluir un espacio para las emociones difíciles -miedo, ira, dolor y pérdida- y por eso diseñamos una instalación en el límite de nuestro terreno, donde la tierra privada se topa con el espacio público, ofreciendo las condiciones perfectas para encuentros inusuales.

En mayo de 2021, en colaboración con XR La Janda y Be.Time (una cooperativa local que trabaja en la intersección entre arte, comunidad y ecología) inauguramos ‘Almenara: Memorial a la Vida’. La instalación es un Life Cairn, un túmulo de piedras que sirve de tumba simbólica para las especies perdidas. No es la primera; se han creado otras en todo el mundo: en las islas Galápagos y en Lewes (Inglaterra), por ejemplo. Ésta ocupa un hermoso lugar con vistas al Estrecho de Gibraltar y al Atlántico que admiran los cientos de personas que pasean por aquí cada semana. Se invita a los transeúntes a añadir su piedra a la creciente pila en honor a todo lo que se ha perdido: las variedades locales de plantas que ya no están en nuestros jardines ni en nuestras huertas, los pájaros que ya no se ven en la zona, los animales que han desaparecido de nuestras costas. En la entrada, una placa de acero oxidado muestra las palabras del poeta local Francisco Basallote:

ES TAN SUTIL
inventariar las pérdidas
que a veces se obvia
lo esencial,
el espacio
donde la luz
y el corazón trazaron
las coordenadas de la dicha.

El poema de Basallote habla de «las coordenadas de la dicha», señalando una verdad importante: para vivir plenamente debemos ser conscientes tanto de dónde estamos como del momento que vivimos: tenemos que estar presentes. Sólo desde el aquí y el ahora podemos seguir agradecidos por la vida. Su poema también nos invita a tomarnos un tiempo para «inventariar la pérdida» con el fin de conocer la verdad y asumir la responsabilidad de defender lo que amamos. ALMENARA es un lugar de alarma y de esperanza; un lugar para llorar lo perdido, lo que ya no está. Pero también es un lugar para decir: «Basta, ya  no más», un lugar para defender la vida desde el amor y desde la furia, un lugar para decir la verdad.

Es muy difícil enfrentarse solo a tanto dolor. Necesitamos hacerlo junto a otros seres humanos y otros seres de la naturaleza. El Memorial proporciona un lugar donde podemos reunirnos con otros, o notar a través de la presencia de las piedras que otros han estado allí antes que nosotros. Almenara promueve un cambio en la forma en que nos relacionamos con la naturaleza, mediante la aceptación de la pérdida y el duelo necesario para asumirla. Los seres humanos debemos ocupar nuestro lugar en la red de la vida y reconocer nuestra interdependencia. Nuestro destino compartido significa que cualquier futuro próspero que diseñemos debe contemplar y considerar a toda la comunidad de seres vivos.

Asilvestrar nuestra cultura

Construir una cultura regenerativa requiere centrarse en algo más que en cómo cuidamos la tierra o cultivamos nuestros alimentos, y aquí vemos la importancia de la tercera ética de la permacultura: el reparto justo o el cuidado del futuro. Esto implica cambiar radicalmente la forma en que los humanos nos relacionamos con la naturaleza en todos los sentidos, y el arte tiene un papel importante que desempeñar. Quizá haya llegado el momento de hablar de asilvestrar la cultura, no en el sentido de devolver una cultura o un territorio a un estado anterior supuestamente silvestre, sino de dar pasos para compartir el planeta con la comunidad de seres vivos no humanos, dejando espacio para lo salvaje. En este contexto, el proceso de asilvestramiento implica un cambio de paradigma para entrar en una relación con el mundo que reconozca nuestra interdependencia.

Almenara lo consigue en parte reconociendo y dejando espacio a la agencia del lugar: la naturaleza cambia continuamente la obra en un proceso de autoría compartida. El tiempo y la intemperie oxidan el acero sobre el que se lee el poema. Por la mañana, la cara de la placa se ilumina con el sol, resaltando los cálidos tonos rojizos; por la tarde, los espacios que dejan las palabras recortadas se retroiluminan con los colores cambiantes del sol poniente. En abril, los lirios enanos (Moraea sisyrinchium) predominan en el entorno, formando una alfombra de azul vibrante; en junio, el tomillo toma el relevo, aportando un rosa pálido y su perfume aromático bajo los pies. En verano, todo parece ser muerte, calor, polvo y plantas secas; en invierno, llegas un día y encuentras Convolvulus trepando entre las piedras, aligerando momentáneamente el peso de la pérdida con su cuerpo verde botella y sus flores rosas que contienen corazón púrpura. Puede que el viento te acaricie, aliviando tu pena con un toque leve. O puede que tengas que esforzarte por encontrar la calma en la tormenta cuando el Levante azote con fuerza, arrebatándote tus plegarias y haciendo casi imposible tu visita, convirtiendo el monumento en un lugar inhóspito para los humanos. El visitante encuentra sus sentidos activados en un espacio que facilita la conexión con nuestro vulnerable lugar en la red de la vida, percibiendo la realidad de las fuerzas de la naturaleza que nos recuerdan que no podemos crear un futuro regenerativo solos: necesitamos conseguir toda la ayuda posible, utilizando todos nuestros poderes de observación para trabajar con la naturaleza, dentro de sus límites. 

El «efecto borde«

ALMENARA también aprovecha la incertidumbre y la diversidad que se manifiestan en los lugares donde confluyen dos ecosistemas. Este «efecto borde» da lugar a un ecotono o zona de transición, que presenta una mayor biodiversidad, ya que coexisten las condiciones de ambos ecosistemas. Incluso en estas condiciones pueden prosperar especies que no aparecen en los otros ecosistemas colindantes. En términos del ecosistema, el espeso bosque autóctono de la ladera se encuentra con el expuesto camino de asfalto, pero aquí queremos destacar el encuentro entre tierras públicas y privadas, con dos sistemas de gestión diferentes. ¿De quién es esta tierra? ¿Dónde está la linde? No hay valla, hay una carretera, un sendero, una zona de mesas de picnic, el comienzo de un bosque autóctono y una ladera que desciende unos 125 m, dejando una vista y una sensación de vacío y espacio sorprendentes. Para nosotros esta ambigüedad nos libera de trámites burocráticos, que no es poco. También nos pone en contacto con una gran variedad de personas que pasan por allí, personas que de otro modo no conocerían las ideas de la permacultura. Este espacio liminal también crea una incertidumbre propicia para una iniciación, para un encuentro transformador con las fuerzas de la naturaleza: uno no está mediado por ninguna instrucción formal o ceremonia, sino que ofrece un encuentro directo con los sentimientos, las percepciones y los sentidos abiertos.

Esta incertidumbre refleja nuestro momento histórico: estamos viviendo un momento de transición, no podemos seguir viviendo como si el planeta no tuviera límites, y no hay vuelta atrás. No hay un camino seguro hacia el futuro, y desde esta incertidumbre podemos soñar múltiples posibilidades. La vulnerabilidad que suscita puede abrirnos a la agencia de la naturaleza, en el sentido más chamánico y animista. Se nos enseña que pertenecemos a un mundo vivo en el que la comunidad de seres vivos puede actuar a través de nosotros. Como señala el podcaster Joshua Schrei, el animismo es el estado de conciencia humano normativo, la experiencia somática básica de conexión con un mundo vivo, que está poblado por muchas personas, y sólo algunas de ellas son humanas:

«Durante el 98% de la historia de la humanidad -más de 10.000 generaciones- nuestros antepasados vivieron, respiraron e interactuaron con un mundo que veían y sentían como animado, imbuido de fuerza vital, habitado por seres con los que existimos en relación permanente. Esta visión animada era el agua en la que nadábamos, era la conciencia en su morada … No era una teoría, una filosofía o una idea… Era la experiencia directa y sentida. Era, simplemente, cómo son las cosas.»[1]

Nuestra red de proyectos de permacultura ya se extiende por toda la tierra. Imaginemos cómo cada uno de ellos creará un espacio público dedicado a la cultura humana silvestre: un espacio para sentir y reconocer el dolor de nuestra pérdida; un espacio para abrirse a un encuentro directo con la naturaleza, permitiendo que la tierra influya en nosotros y dando más agencia al mundo vivo. Todas las personas necesitamos un espacio para redescubrir que no sólo formamos parte de la naturaleza, sino que somos la propia naturaleza que se defiende a sí misma.


[1] «Animism is Normative Consciousness» The Emerald Podcast, 2023

Sobre los autores

Jorge Gallardo, cofundador y coordinador de la cooperativa Be.Time SCA, creada en abril de 2017, trabaja como mediador cultural en un pequeño pueblo al sur de Cádiz, desarrollando proyectos de regeneración de especies y paisajes y movilizando el compromiso civil en la protección de los bienes comunes.

Andrew Zionts tiene formación en bellas artes, diseño industrial, permacultura y yoga. Lleva aplicando un diseño de retención de agua de lluvia y reforestación en su finca desde 2014, compartiendo el trabajo y su pasión y conocimientos con voluntarios y amigos.

Joanna Crowson descubrió su pasión por la permacultura en 1993, cuando ella y su familia compraron tierras y empezaron a crear Casa Gaia en Vejer-Barbate, Cádiz. Actualmente trabaja como traductora, educadora y escritora, centrándose en la creación de culturas regenerativas a través de la reconexión con la tierra.

Este artículo apareció originalmente en la revista Permaculture, número de invierno 118: www.permaculture.co.uk/issue/winter-2023

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